martes, 19 de octubre de 2010
SUPERNATURAL S05
Carecemos de ciertos detalles contextuales, pero sí sabemos que la historia de Dean Winchester empieza allí donde lo hacen muchas otras del mismo estilo: un adolescente algo alienado que vuelve del revés su realidad inmediata cuando la sospecha de un marcador idiosincrásico deja de ser sospecha para convertirse en certeza de estigma, aprovechando la llegada de la pubertad y sus cambios de humor y sus alteraciones de la tesitura sensorial. Dean tiene ocho años y está inmerso en un paréntesis de aburrimiento abierto hacia las seis y media de la tarde de este miércoles de febrero, que va a cerrarse de golpe aunque no a cal y canto ahora que son las siete y veinte, con una primera toma de contacto sobrenatural —sobrenatural: aquello que no debería ocurrir pero, desde luego, ocurre—: Bela Lugosi, caracterizado para la ocasión, despliega los brazos mientras cierra los puños en las puntas de la capa de Drácula para usarla de ala delta con la que planear por el hueco abierto en la cancela que separa el continuum entre invocador e invocado, y brota de la pantalla del televisor y se planta en el centro del cuarto de estar, tenue como un eclipse, ya que al chico le gusta dejar apagadas las luces mientras ve un película de terror, y los rostros de ambos están muy cerca, demasiado cerca, y Bela hace una pregunta: “¿Qué quieres?”. El blanco y negro granulado y crujiente de Drácula emborrona la visión periférica del chico y provoca que su sistema nervioso empiece a colapsarse. Dean pierde el aliento. “Na-Nada”, tartamudea, malgastando oxígeno en seis letras dichas sin meditar. Lo último que ve antes de que el estrés haga que su organismo, en un sabio movimiento de ajedrecista, decida apagarse momentáneamente para reiniciar el sistema cuando la riada de cortisol vuelva a su cauce habitual, es a Drácula desmaterializándose con tan poca pompa y efecto especial como lo hiciese al llegar, volviendo a la pantalla, a la cinta de video, atrás en el tiempo y a la izquierda en el espacio, hasta el 1931, al plató número tres de los estudios Universal, en el momento en que Bela Lugosi sufre un microinfarto cerebral que le afloja las piernas, deja caer a plomo a Helen Chandler, a la que estaba abrazando mientras las cámaras rodaban una de las escenas culminantes de la película, y luego le pregunta qué quiere, hecho que provoca un seco y nada complaciente suspiro de desdén racista exhalado por la diva al incorporarse para despegar su perfecto lomo del duro suelo, y que lleva a tener que repetir la escena por octava vez hoy.
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